LAS ISLAS INVENTADAS

sábado, 18 de junio de 2016

SALEN LOS BARCOS (Poema)















SALEN LOS BARCOS

Llega el fin de la tarde
pero sobre el rojo crepúsculo,
aún se puede escribir
con letras de plata.

Ya casi entre las sombras,
a punto de entrar
en el reino de la noche,
salen del puerto
los barcos.

Los pesqueros
unos detrás de otros,
como ovejas
desfilan,
van saliendo de la rada,
como si tuvieran vida propia,
lentos
y torpes como bueyes,
los bermeanos
aplastan el agua
con su peso,
son como una clase nueva 
de rumiantes
que salen mugiendo
de las cuadras,
y lanzando 
en su bramido,
una pequeña nube de humo lateral
blanca como incienso,
tenue como un velo,
los viejos barcos de pesca, 
van sobre la superficie
como bultos,
y mueven su tripa
partiendo en dos
la blanda página,
del agua azul y oscura
como una lámina de hierro...

Luego los marinos
hacen ver sus sombras
sobre la cubierta del barco,
son como primates, 
seres prehistóricos
del principio de los tiempos,
desaparecen como hombres,
para quedarse con la fiera,
porque allí, lo que cuenta
son las manos,
garras para atrapar...
para coger cabos y redes 
y nasas y anzuelos,
y la noche,
y el miedo a morir
en un instante.
Es gente bien curtida,
de arrugas profundas
y rostros cetrinos,
como hechos a desgana,
con cuatro hachazos
en un viejo tronco de sabina,
y  entre todos
se reparten la pradera azul...
que ya no es azul
sino negra como la noche,
una noche nubosa, 
sin estrellas, 
bajo el templado cielo
que no protege de nada,
ni del viento
ni de las profundidades,
ni de la muerte
que acecha en cada ola.
Y van calando las nasas,
las celdas de alambre,
las trampas para peces
suspendidas
en medio del océano…,
cuando, de pronto
¡un trueno parte en dos el cielo
y sopla fuerte el Noroeste!
Ahora
vuelven otra vez a sentirse
humanos,
vulnerables como insectos,
las olas son como barrancos
coronados por la espuma,
enfilan de nuevo hacia el puerto
bajo unas ráfagas de lluvia
y cercados por la bruma,
cuarenta veces a Dios
maldicen,
mientras imploran
a su Virgen del Carmen,
pues, solo puede ser ella,
su patrona,
quien los saque
de aquel infierno,
quien les libre
de las garras de la tormenta
para llevarlos a casa.

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domingo, 12 de junio de 2016

La muerte de Sadam (Poema)

















La muerte de Sadam
                                    


La soga…

La sombra oscura de la soga
mostró su cara inexpresiva,…
y un aliento seco y pernicioso,
vino a inundar de miedo, la pared
metálica y umbría del frío calabozo.

La sombra…

Entonces, traza la soga con su lazo
imposible, un hueco en el muro…
El reo mira la sombra, impotente,
proyectarse en la pared.
Es la horca. Es la cara redonda,
apática y nudosa de la muerte.

El miedo…

La amarga saliva del reo
reseca su lengua de esparto.
Y en una abstracción,
como en un ronroneo,
en su cabeza se agrupan,
pidiendo justicia los muertos.

Los muertos…

¿Piden justicia los muertos?
¡Que se venere a la vida!
Justicia y paz entre los vivos.
Eso están pidiendo los muertos…
Ni más muertos entre los vivos,
ni más muertos entre los muertos.

La vida…

Una cadena de odios
va marcando nuestra vida.
Días sin sol,… ni vislumbre
de la luz en el camino.
Odio, porque me odias,
y mi vida por tu vida.

La ejecución…

El blanco pánico,
como una mortaja
de cera indeleble,
establece en el rostro
y en los ojos redondos
del reo, su marca de hielo,
de horas ya idas,
y el gesto increíble y dudoso
que nutre ilusiones perdidas.

Insultan al reo…

Un protocolo roto,
una palabra infame…
Y un asesino muerto de miedo…
Que grita: ¡Alá es el más grande!
¡Grande y misericordioso…
Es Alá!
Y la trampilla se abre.

La muerte…

Silencio… ¡Escuchad…!
Torvas aves de sangre
vestidas de viuda enlutada
planearon la noche de Bagdad…

Y…La muerte, vino buscando
en la noche, desde algún lugar
rigurosamente ignoto,
con sus mil sombras oscuras,
con sus mil puros espectros,
al  caudillo, que en la horca
sangraba, inerte…
Columpiándose con el cuello roto.
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sábado, 4 de junio de 2016

HACIA TIERRAS SALVAJES - Balada a Chris McCandless (poema)














                                             

           HACIA TIERRAS SALVAJES


(Balada a Chris McCandless)

Era un chico que viajaba
con una mochila
a cuestas
pegada a su espalda,
unida a él
como un presagio,
como un lamento,
como un sino
colmado de ideales y de plumas,
de esperanzas sostenidas en el viento…

Para fundirse con la tierra,
abdicó de su nombre,
de su familia
y de su hogar,
haciéndose llamar
Alex Supertrams.

Un día, cogió la carretera
y se subió al viviente
y negro esqueleto del asfalto
surcado de oxidados engranajes,
al maldito río aquel
de gases y explosiones
y marchó hacia el Gran Norte,
hacia las tierras salvajes
del buey almizclero,
del oso y del caribú.

                      Viajó hacia las tierras soñadas,
no le bastó su aventura en kayak
descendiendo El Colorado,
y se aventuró por Alaska,
no buscando la inútil quimera
del oro, fue…, no.
Iba escuchando de Jack London
por la tundra
las huellas de sus pisadas…

Unos dicen que murió de hambre.
 otros dicen que pereció envenenado…
Pero… ¿Quién lo dice? ¿Quién lo sabe?
Unos lo toman por un valiente,
y otros afirman, que era un pringado…

Un fanático, un colgado…
Un lobo solitario,
o, acaso, solo un aventurero,
el chico de la mochila…

¿Era solo un iluso, un visionario?
¿Un inadaptado?
Pero… ¿Quién lo dice? ¿Quién lo sabe?


Todos dicen y todos hablan…
y mientras,
en la Senda de La Estampida
la primavera estalla,
 los montes duermen…
el hielo inunda
la tierra se abre,
cantan los pájaros,
vuelan los tábanos…

Y las aguas del Teklanika
corriente abajo en dura lucha
se despedazan…

Mientras el autobús 142
en la soledad de la tundra
con su triste alma de chatarra
allí, inmóvil,
 sobre el páramo sereno,
 mira el azul del cielo y calla.

Unos dicen que murió de hambre,
 otros dicen que pereció envenenado…
Pero… ¿Quién lo dice? ¿Quién lo sabe?
Unos lo toman por un valiente,
y otros afirman, que era solo un pringado…


¿Era solo un iluso, un visionario?
¿Un inadaptado?
Pero… ¿Quién lo dice? ¿Quién lo sabe?


Amó a la naturaleza
como se ama a una amada
y ésta le respondió
devorando sus entrañas.

El cielo plomizo,
los verdes abetos,
el azul del páramo,
el vuelo de las moscas
y el zumbido de los tábanos,
los trinos acuciantes de los pájaros
o el grito de los barrancos
testigos mudos todos lo saben…


¿Era solo un iluso, un visionario?
¿Un inadaptado?
              Pero… ¿Quién lo dice? ¿Quién lo sabe?


Jamás nadie dirá, ya…
lo qué sucedió,
por mucho que se diga
y por mucho que se hable,
nadie sabe
que causó la muerte
del soñador, del asceta,
del aventurero…
de aquel joven idealista y bueno,
que se fundió con la tierra,
el chico de la mochila,
llamado...,

Chris Mac Candless.

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